Una copa de cristal muy fino, un resbalón sin caída, unos ojos en un autobús, todos tienen algo del frágil bienestar que me trasladan Django Reinhardt o Louis Armrstrong. Su música carece de mapa, me sitúa sobre una sombra, tras un recuerdo huidizo, podría llamarla música ausente.
12.4.12
11.4.12
Caminar por la ciudad mirando ventanas, fachadas, adoquines, farolas, cruces, letreros, las nubes, el color del cielo, las caras de otros peatones, los árboles y bancos vacíos. Caminar y al poco cambiar el rumbo, desviándome noventa grados tras un número fijo de zancadas (por ejemplo, noventa grados cada treinta y siete pasos) o con cada hombre rubio o mujer pelirroja; luego dibujar sobre un mapa el recorrido, así durante varios días. Tras diez meses, señalar en el mapa los puntos donde los itinerarios se han cruzado y clasificarlos atendiendo al número de veces. Por fin tenemos un mapa turístico del azar.
Llevar un libro que transmita ganas de caminar, algunas posibilidades: Nadja, Rayuela, Nietzsche, Rimbaud, Baudelaire, los presocráticos en edición de bolsillo.
Atender a los sonidos de la ciudad sin identificarlos por su origen; para ello mirar al frente sin girar la cabeza más de lo necesario, imaginando que nacen en mitad del cráneo. Comenzar con una pequeña secuencia de tres o cuatro ruidos e intentar repetirla mentalmente, como quien tararea una canción. Al final de cada paseo registrar en una grabadora el soniquete.
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